El timo del Muay Thai: primera parte

Leímos y oímos en multitud de ocasiones que una de las cosas más interesantes y emocionantes que ver en Tailandia era un combate de Muay thai, así que decidimos ir a comprar las entradas y verlo en Bangkok si teníamos oprtunidad.

El día anterior, habíamos hablado con un belga muy amable que vivía en Phuket. Nos comentó que lo realmente divertido e impactante del combate no es el combate en sí (sobre todo si no nos atraía el boxeo como le dijimos), sino el ambiente de gritos y apuestas durante el mismo. No obstante, para disfrutar esa atmósfera tan auténtica, debíamos comprar entradas de tercera grada que, además, valían mucho menos que las de primera grada, que eran las que habitualmente compraban los turistas. Ganábamos sí o sí: más baratas y más auténticas, ¡perfecto!

Decidimos preguntar en un principio en la agencia del hotel. La chica que nos atendió sólo nos vendía entradas de primera grada alegando que las de otras filas “no eran para turistas” Falso, pero lamentablemente típico: te proporcionan una información con convicción, que es difícil o directamente imposible de comprobar para el turista, a menos que conozca por casualidad ese dato.

Contentos por haber evitado el timo en la agencia del hotel gracias al amable belga, nos dirigimos al estadio para comprar las entradas directamente en las taquillas. Afortunadamente, estaba cerca de la zona de Khao San, ya que se hizo imposible encontrar un transporte que nos llevara a Thanon Ratchadamnoen sin intentar convencernos de pasar antes por una agencia para comprar las entradas.

Rajadamnern Stadium

Rajadamnern Stadium

Una vez llegamos al estadio, nos sorprendió gratamente la multitud de personas esperando en las inmediaciones del mismo. Todos eran Thais, lo cual garantizaba una experiencia auténtica.

Nos dirigimos al interior del estadio, e inmediatamente fuimos abordados por una mujer que nos condujo a una solitaria taquilla donde estaban escritos los precios en números arábigos (No había precios en el resto de taquillas). Antes de llegar, le preguntamos lo que valían, aunque ya lo habíamos visto de lejos: “3000 TBH primera grada, 2000 TBH segunda y 1000 TBH la tercera” Nos respondió… ¿¡1000!? ¡Nos habían dicho 500! Debatimos durante unos minutos si nos la estaban intentando colar mientras la mujer nos trataba de convencer de que las comprásemos. Gritaba insistentemente que “era un combate muy importante” (“very important combat. Champions fighting”)  “no eran caras” (“not expensive!”) y que “los thais pagaban lo mismo” (“Thais pay the same”).

No nos entraba en la cabeza que los Thais pagasen 1000 TBH, así que decidimos asegurarnos. Salimos de la zona de taquillas hacia la calle y preguntamos a un tailandés al azar. Tras encontrar un intérprete, el amable thai nos aseguró que las entradas de tercera grada costaban 500 TBH… ¡Vaya!, ¡justo el precio que nos había dicho el belga!

Cansados de engaños, decidimos ir a pedir información al ministerio de turismo y deporte (que, casualmente, está al lado del estadio); con algo de suerte, conseguiríamos las entradas al precio que realmente valían.

Estuvimos 5 minutos en el solitario hall de entrada antes se que nos atendiese un amable funcionario. Le contamos nuestro problema y la información que nos había dado la mujer de la taquilla. Para nuestra sorpresa, salió del ministerio y se dirigió al estadio. Realmente pensamos que nos iba a solucionar el tema y que, a pesar de que había mucha gente que te intentaba estafar en Tailandia, siempre podríamos recurrir a las autoridades para buscar información o amparo… error.

El hombre volvió a los cinco minutos explicándonos con una sonrisa en la cara que “era un combate muy importante”, que las entradas “no eran caras” y que, atención, 1000 TBH por tercera grada era “el precio para turistas”. Nos quedamos descolocados con esa información, porque era un dato sacado de la manga que no podíamos comprobar y que, por lo tanto, sonaba a timo de lejos.

Cabreados y descontentos, dijimos que no ante su insistencia a que las comprásemos; acordamos que el combate lo veríamos en Chiang mai (ver parte 2 de esta historia). Antes de irnos, le dijimos que o él o su compañera en la taquilla, o ambos, nos intentaba timar, ya que cada uno nos daba una información distinta… “No, no!, you can trust me!, you can trust me!” (“¡No, no!, ¡fiaos de mi!, ¡fiaos de mi!”); fue su respuesta mientras salíamos del ministerio en un último intento de que las comprásemos. Lamentable pérdida de tiempo la de esa tarde.

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